CORDOBA-LEGANES-15-16-27

Cuando tu mejor maestro se llama Fútbol

Hoy vengo a contar una historia de aprendizaje que tengo que compartir con todo aquel que esté detrás de la pantalla leyendo estas líneas. Para los medios más grandes de este país parece no haber nada más que FC Barcelona o Real Madrid -incluso estando el Atlético de Madrid por delante de los blancos-. Ni existen otros equipos, ni mucho menos otros deportes. La dupla ‘catalomadrileña’ lo acapara todo. Pero hoy amigos, hoy voy a relatar una de las mayores enseñanzas que me ha regalado el fútbol.

Arrancaba la jornada mañanera, y normalmente los días de partido del Córdoba CF -sobre todo cuando voy al Arcángel- me deportan una sensación sobre lo que va a ocurrir en el encuentro, ya sea buena o mala, y la verdad rara vez fallo -aunque lo hago-. Ayer mi sistema extrasensorial lo debería tener un poco de atascado porque ni siquiera desperté pensando en que había partido.

Una vez en el campo pude observar que la afición del equipo rival, el CD Leganés, era distinta a las demás, ocuparon toda la zona reservada para ellos e incluso algunos tuvieron que ser redistribuidos a otras zonas del campo porque no cabían todos en la habilitada para ellos. Eran muchos, y ruidosos, no paraban de animar y jalear a los suyos durante el calentamiento. No tardé en colocar en mi perfil de Twitter el siguiente comentario: “Impresionante lo de la afición del @CDLeganes, los seguidores más ruidosos que he visto desde que soy socio del Córdoba CF. Enhorabuena.”. El glorioso himno del equipo de mi blanquiverde corazón comenzó a sonar, y a raíz de ese momento los admirados pasaban a ser rivales, y -como dice el refrán- al enemigo ni agua.

La primera mitad fue seca, tanto que el entretenimiento lo hallaba más en la grada con las contagiosas bromas de mis amigos que con lo que estaba sucediendo en el verde. Minuto 45, el árbitro señala un penalti a favor del Córdoba CF que no es. Raúl de Tomás anota. 1-0. Al descanso, y a otra cosa, mariposa. Íbamos ganando, el ambiente durante los 15 minutos de parón obligatorio entre parte y parte era entretenido y distenso cuanto menos. Tal era el nivel de desentendimiento mío, que se reanudó el partido y ni me di cuenta. Pronto me hicieron bajar de los mundos de Yupi -gran sitio donde vivir, por cierto-. Fallo en defensa y gol pepinero. 1-1. Ellos se vinieron arriba, y en la grada también.

«Penalti, penalti» comenzó a corear en forma de protesta por el pasado tiro desde los 11 metros el sector de desplazados blanquiazules tras la caída de un jugador cordobesista en su propia mitad de campo. No nos iban a perdonar tan fácilmente el error arbitral. Pero fútbol, fútbol amigos es sinónimo de magia, y llámalo divinidad cósmica, lazo del destino, o como te dé la gana, pero algo volvió a poner al penal en el camino de los califas, y con ello, el consecuente recochineo de todo el Arcángel clavando sus miradas en los aficionados rivales y devolviéndoles el «penalti, penalti», pero con mucha más efusividad. Jugábamos en casa, jugábamos en nuestra casa. El tanto subió al marcador y tras la celebración, el cántico dirigido a los contrarios volvió a resonar. Yo personalmente admito que me desgañité. 2-1.

Los locales jugábamos con un jugador más sobre la cancha y nos habíamos reído de los que yo empecé el partido admirando. El mundo era color de rosas -de rosas blanquiverdes-, pero todo se torció de una frustrante manera. Razak, nuestro arquero, cometió -adivina qué- penalti sobre el contrario. Penalti y expulsión del guardameta sin cambios para hacer. Era muy doloroso ver cómo si tú antes te reíste del rival, este te enseña hasta la última muela del juicio de pura carcajada. Luso Delgado, nuestro capitán, tuvo que asumir la difícil papeleta y mientras se colocaba la camiseta y guantes de Ismael Falcón, portero suplente, Jorge, el entrenador de porteros, le daba indicaciones, indicaciones que casi sirven para parar el penalti, pero no. 2-2. «Penalti, penalti» nos volvieron a cantar, y solo podías aprender de la lección. Pero claro, de todos es sabido que cuando algo te duele, todos los golpes van al mismo sitio. Al minuto siguiente una falta lejana y la inexperiencia de Luso bajo los tres palos confirmaron la hecatombe. 2-3. «Penalti, penalti» no paraba de sonar en las voces de ellos, y en mi conciencia -y apuesto que no me encontré solo-. Del 2-1 al 2-3 en un párrafo, del 2-1 al 2-3 en un minuto. A mis admirados al principio, les dije cosas al final de las que tal vez ahora, en frío, me arrepiento. De lo que no me arrepiento es del tweet que puse porque otra cosa no, pero buena afición con su equipo fueron.

Seguramente siga cometiendo el error de agredir verbalmente al rival, creo que eso forma parte del fútbol -aunque no me considere una persona irrespetuosa para nada-, pero pasarán muchos partidos hasta que sea capaz de olvidar la impotencia que me proporcionó esta enseñanza de vida.

Al fin y al cabo el fútbol es la vida en 90 minutos…

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